La promesa de las ciudades verdes

Históricamente, las ciudades han sido sitios no de miseria y sufrimiento, sino de oportunidad –para las economías de escala, el empleo y mejores niveles de vida, especialmente para las personas del medio rural que buscan una vida mejor. Han funcionado como motores del progreso social y del desarrollo económico nacional.

Crear las condiciones para que se realice ese potencial –en Kinshasa, Dhaka y otras ciudades y centros urbanos en crecimiento del mundo en desarrollo‒ es decisivo ahora y lo será en los próximos decenios. El reto estriba en desviar la urbanización de su rumbo actual, insostenible, y dirigirla hacia ciudades más verdes, sostenibles, que ofrezcan opciones, oportunidades y esperanza a sus habitantes.

El concepto de «ciudades verdes» ‒con capacidad de recuperación, autosuficiencia y sostenibilidad social, económica y ambiental‒ se suele asociar a la planificación urbana en los países más desarrollados. Indica un eco-arquitectura de alta tecnología, rutas arboladas para las bicicletas e industrias de circuito cerrado, que no producen desechos.

Sin embargo, tiene una aplicación especial y dimensiones sociales y económicas considerablemente diferentes en los países en desarrollo de bajos ingresos. Allí, los principios centrales de unas ciudades más verdes pueden orientar un desarrollo urbano que garantice la seguridad alimentaria, un trabajo e ingresos dignos y una buena gobernanza para todos los ciudadanos.

Un punto de partida para crear ciudades más verdes es reconocer e incorporar en la política y la planificación urbana muchas de las soluciones creativas que la propia población urbana pobre ha desarrollado para fortalecer sus comunidades y mejorar su vida. Una de esas soluciones, y un rasgo esencial de la planificación de ciudades verdes en los países desarrollados y en un número cada vez mayor de países en desarrollo, es la horticultura urbana y periurbana.

 

 

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